domingo, 24 de octubre de 2021

Discurso del Papa Francisco en la IV Jornada de los Movimientos populares

 


Discurso del Papa en el IV Encuentro con los Movimientos Populares



Hermanas, hermanos, queridos poetas sociales:

Queridos Poetas Sociales

Así me gusta llamarlos, poetas sociales, porque ustedes son poetas sociales, porque tienen la  capacidad y el coraje de crear esperanza allí donde sólo aparece descarte y exclusión. Poesía quiere decir creatividad, y ustedes crean esperanza; con sus manos saben forjar la dignidad de cada uno, la de sus familias y la de la sociedad toda con tierra, techo y trabajo, cuidado, comunidad. Gracias porque la entrega de ustedes es palabra con autoridad capaz de desmentir las postergaciones silenciosas y tantas veces educadas a las que fueron sometidos —o a las que son sometidos tantos hermanos nuestros—. Pero al pensar en ustedes creo que, principalmente, su dedicación es un anuncio de esperanza. Verlos a ustedes me recuerda que no estamos condenados a repetir ni a construir un futuro basado en la exclusión y la desigualdad, el descarte o la indiferencia; donde la cultura del privilegio sea un poder invisible e insuprimible y la explotación y el abuso sea como un método habitual de sobrevivencia. ¡No! Eso ustedes lo saben anunciar muy bien. Gracias.

Gracias por el vídeo que recién compartimos. He leído las reflexiones del encuentro, el testimonio de lo que vivieron en estos tiempos de tribulación y angustia, la síntesis de sus propuestas  y sus anhelos. Gracias. Gracias por hacerme parte del proceso histórico que están transitando y gracias  por compartir conmigo este diálogo fraterno que busca ver lo grande en lo pequeño y lo pequeño en  lo grande, un diálogo que nace en las periferias, un diálogo que llega a Roma y en el que todos podemos sentirnos invitados e interpelados. «Para encontrarnos y ayudar mutuamente necesitamos dialogar» (FT 198), ¡y cuánto!

Ustedes sintieron que la situación actual ameritaba un nuevo encuentro. Sentí lo mismo.  Aunque nunca perdimos el contacto —y ya pasaron seis años, creo, del último encuentro, el encuentro general—. Durante este tiempo pasaron muchas cosas; muchas cosas han cambiado. Son cambios que marcan puntos de no retorno, puntos de inflexión, encrucijadas en las que la humanidad debe elegir.  Se necesitan nuevos momentos de encuentro, discernimiento y acción conjunta. Cada persona, cada organización, cada país y el mundo entero necesita buscar estos momentos para reflexionar, discernir  y elegir, porque retornar a los esquemas anteriores sería verdaderamente suicida, y si me permiten  forzar un poco las palabras, ecocida y genocida. Estoy forzando, ¡eh!

En estos meses muchas cosas que ustedes denunciaban quedaron en total evidencia. La pandemia transparentó las desigualdades sociales que azotan a nuestros pueblos y expuso —sin pedir permiso ni perdón— la desgarradora situación de tantos hermanos y hermanas, esa situación que tantos mecanismos de post-verdad no pudieron ocultar.

Muchas cosas que dábamos por supuestas se cayeron como un castillo de naipes.  Experimentamos cómo, de un día para otro, nuestro modo de vivir puede cambiar drásticamente impidiéndonos, por ejemplo, ver a nuestros familiares, compañeros y amigos. En muchos países los Estados reaccionaron. Escucharon a la ciencia y lograron poner límites para garantizar el bien común y frenaron al menos por un tiempo ese “mecanismo gigantesco” que opera en forma casi automática  donde los pueblos y las personas son simples piezas (cf. S. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei  socialis, 22).

Todos hemos sufrido el dolor del encierro, pero a ustedes, como siempre, les tocó la peor parte: en los barrios que carecen de infraestructura básica (en los que viven muchos de ustedes y cientos y cientos y millones de personas) es difícil quedarse en casa, no sólo por no contar con todo  lo necesario para llevar adelante las mínimas medidas de cuidado y protección, sino simplemente  porque la casa es el barrio. Los migrantes, los indocumentados, los trabajadores informales sin ingresos fijos se vieron privados, en muchos casos, de cualquier ayuda estatal e impedidos de realizar sus tareas habituales agravando su ya lacerante pobreza. Una de las expresiones de esta cultura de la indiferencia es que pareciera que este tercio sufriente de nuestro mundo no reviste interés suficiente para los grandes medios y los formadores de opinión, no aparece. Permanece escondido, acurrucado.

Quiero referirme también a una pandemia silenciosa que desde hace años afecta a niños, adolescentes y jóvenes de todas las clases sociales; y creo que, durante este tiempo de aislamiento, se incrementó aún más. Se trata del estrés y la ansiedad crónica, vinculada a distintos factores como la hiperconectividad, el desconcierto y la falta de perspectivas de futuro que se agrava ante el contacto real con los otros —familias, escuelas, centros deportivos, oratorios, parroquias—; en definitiva, la falta de contacto real con los amigos, porque la amistad es la forma en que el amor resurge siempre.

Es evidente que la tecnología puede ser un instrumento de bien, y es un instrumento de bien que permite diálogos como éste y tantas otras cosas, pero nunca puede suplantar el contacto entre  nosotros, nunca puede suplantar una comunidad en la cual enraizarnos y hacer que nuestra vida se  vuelva fecunda.

Y si de pandemia se trata, no podemos dejar de cuestionarnos por el flagelo de la crisis alimentaria. Pese a los avances de la biotecnología millones de personas fueron privadas de alimentos, aunque estos estén disponibles. Este año, 20 millones de personas más se han visto arrastradas a niveles extremos de inseguridad alimentaria, ascendiendo a [muchos] millones de personas; la indigencia grave se multiplicó, el precio de los alimentos escaló un altísimo porcentaje. Los números del hambre son horrorosos, y pienso, por ejemplo, en países como Siria, Haití, Congo, Senegal, Yemen, Sudán del Sur pero el hambre también se hace sentir en muchos otros países del mundo pobre y, no pocas veces, también en el mundo rico. Es posible que las muertes por año por causas vinculadas al hambre puedan superar a las del COVID.[1] Pero eso no es noticia, eso no genera empatía.

Quiero agradecerles porque ustedes sintieron como propio el dolor de los otros. Ustedes saben mostrar el rostro de la verdadera humanidad, esa que no se construye dando la espalda al sufrimiento  del que está al lado sino en el reconocimiento paciente, comprometido y muchas veces hasta doloroso de que el otro es mi hermano (cf. Lc 10,25-37) y que sus dolores, sus alegrías y sus sufrimientos son  también los míos (cf. GS 1). Ignorar al que está caído es ignorar nuestra propia humanidad que clama en cada hermano nuestro.

Cristianos o no, han respondido a Jesús, que dijo a sus discípulos frente al pueblo hambriento:  «Denles ustedes de comer» (Mt 14,16). Y donde había escasez, el milagro de la multiplicación se repitió en ustedes que lucharon incansablemente para que a nadie le faltase el pan (cf. Mt 14,13-21).  ¡Gracias!

Al igual que los médicos, enfermeros y el personal de salud en las trincheras sanitarias, ustedes pusieron su cuerpo en la trinchera de los barrios marginados. Tengo presente muchos, entre comillas, “mártires” de esa solidaridad sobre quienes supe por medio de muchos de ustedes. El Señor se los tendrá en cuenta.

Si todos los que por amor lucharon juntos contra la pandemia pudieran también soñar juntos un mundo nuevo, ¡qué distinto sería todo! Soñar juntos.

Bienaventurados

Ustedes son, como les dije en la carta que les envié el año pasado,[2] un verdadero ejército  invisible, son parte fundamental de esa humanidad que lucha por la vida frente a un sistema de muerte.  En esa entrega veo al Señor que se hace presente en medio nuestro para regalarnos su Reino. Jesús,  cuando nos ofreció el protocolo con el cual seremos juzgados —Mateo 25—, nos dijo que la salvación  estaba en cuidar de los hambrientos, los enfermos, los presos, los extranjeros, en definitiva, en  reconocerlo y servirlo a Él en toda la humanidad sufriente. Por eso me animo a decirles: «Felices los  que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados» (Mt 5,6), «felices los que trabajan por la  paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

Bienaventuranzas

Queremos que esa bienaventuranza se extienda, permee y unja cada rincón y cada espacio  donde la vida se vea amenazada. Pero nos sucede, como pueblo, como comunidad, como familia e  inclusive individualmente, tener que enfrentar situaciones que nos paralizan, donde el horizonte  desaparece y el desconcierto, el temor, la impotencia y la injusticia parece que se apoderan del  presente. Experimentamos también resistencias a los cambios que necesitamos y que anhelamos,  resistencias que son profundas, enraizadas, que van más allá de nuestras fuerzas y decisiones. Esto es  lo que la Doctrina social de la Iglesia llamó “estructuras de pecado”, que estamos llamados también  nosotros a convertir y que no podemos ignorar a la hora de pensar el modo de accionar. El cambio  personal es necesario, pero es imprescindible también ajustar nuestros modelos socio-económicos  para que tengan rostro humano, porque tantos modelos lo han perdido. Y pensando en estas situaciones, me vuelvo pedigüeño. Y paso a pedir. A pedir a todos. Y a todos quiero pedirles en nombre de Dios.

A los grandes laboratorios, que liberen las patentes. Tengan un gesto de humanidad y permitan que cada país, cada pueblo, cada ser humano tenga acceso a las vacunas. Hay países donde sólo tres, cuatro por ciento de sus habitantes fueron vacunados.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los grupos financieros y organismos internacionales de crédito que permitan a los países pobres garantizar las necesidades básicas de su gente y condonen esas deudas tantas veces contraídas contra los intereses de esos mismos pueblos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones extractivas —mineras, petroleras—, forestales, inmobiliarias, agro negocios, que dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, dejen de contaminar los ríos y los mares, dejen de intoxicar los pueblos y los alimentos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a las grandes corporaciones alimentarias que dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los fabricantes y traficantes de armas que cesen  totalmente su actividad, una actividad que fomenta la violencia y la guerra, y muchas veces en el  marco de juegos geopolíticos que cuestan millones de vidas y de desplazamientos.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de la tecnología que dejen de explotar la fragilidad humana, las vulnerabilidades de las personas, para obtener ganancias, sin considerar cómo aumentan los discursos de odio, el grooming, las fake news, las teorías conspirativas, la manipulación política.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los gigantes de las telecomunicaciones que liberen el acceso a los contenidos educativos y el intercambio con los maestros por internet para que los niños pobres también puedan educarse en contextos de cuarentena.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los medios de comunicación que terminen con la lógica  de la post-verdad, la desinformación, la difamación, la calumnia y esa fascinación enfermiza por el  escándalo y lo sucio, que busquen contribuir a la fraternidad humana y a la empatía con los más  vulnerados.

Quiero pedirles en nombre de Dios a los países poderosos que cesen las agresiones, bloqueos, sanciones unilaterales contra cualquier país en cualquier lugar de la tierra. No al neocolonialismo.  Los conflictos deben resolverse en instancias multilaterales como las Naciones Unidas. Ya hemos visto cómo terminan las intervenciones, invasiones y ocupaciones unilaterales; aunque se hagan bajo los más nobles motivos o ropajes.

Este sistema con su lógica implacable de la ganancia está escapando a todo dominio humano.  Es hora de frenar la locomotora, una locomotora descontrolada que nos está llevando al abismo.  Todavía estamos a tiempo.

A los gobiernos en general, a los políticos de todos los partidos quiero pedirles, junto a los pobres de la tierra, que representen a sus pueblos y trabajen por el bien común. Quiero pedirles el  coraje de mirar a sus pueblos, mirar a los ojos de la gente, y la valentía de saber que el bien de un  pueblo es mucho más que un consenso entre las partes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 218); cuídense de escuchar solamente a las elites económicas tantas veces portavoces de ideologías superficiales que eluden los verdaderos dilemas de la humanidad. Sean servidores de los pueblos que claman por tierra, techo, trabajo y una vida buena. Ese “buen vivir” aborigen que no es lo mismo que la “dolce vita” o el “dolce far niente”, no. Ese buen vivir humano que nos pone en armonía con toda la humanidad, con toda la creación.

Quiero pedir también a todos los líderes religiosos que nunca usemos el nombre de Dios para fomentar guerras ni golpes de Estado. Estemos junto a los pueblos, a los trabajadores, a los humildes y luchemos junto a ellos para que el desarrollo humano integral sea una realidad. Tendamos puentes de amor para que la voz de la periferia con sus llantos, pero también con su canto y también con su alegría, no provoque miedo sino empatía en el resto de la sociedad.

Y así soy pedigüeño.

Es necesario que juntos enfrentemos los discursos populistas de intolerancia, xenofobia,  aporofobia —que es el odio a los pobres—, como todos aquellos que nos lleve a la indiferencia, la  meritocracia y el individualismo; estas narrativas sólo sirvieron para dividir nuestros pueblos y minar  y neutralizar nuestra capacidad poética, la capacidad de soñar juntos.

Soñemos juntos

Hermanas y hermanos, soñemos juntos. Y así, como pido esto con ustedes, junto a ustedes, quiero también trasmitirles algunas reflexiones sobre el futuro que debemos construir y soñar. Dije reflexiones, pero tal vez cabría decir sueños, porque en este momento no alcanza el cerebro y las  manos, necesitamos también el corazón y la imaginación: necesitamos soñar para no volver atrás.  Necesitamos utilizar esa facultad tan excelsa del ser humano que es la imaginación, ese lugar donde  la inteligencia, la intuición, la experiencia, la memoria histórica se encuentran para crear, componer,  aventurar y arriesgar. Soñemos juntos, porque fueron precisamente los sueños de libertad e igualdad,  de justicia y dignidad, los sueños de fraternidad los que mejoraron el mundo. Y estoy convencido de  que en esos sueños se va colando el sueño de Dios para todos nosotros, que somos sus hijos.

Soñemos juntos, sueñen entre ustedes, sueñen con otros. Sepan que están llamados a participar  en los grandes procesos de cambio, como les dije en Bolivia: «El futuro de la humanidad está, en gran  medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse, de promover alternativas creativas» (Discurso  a los movimientos populares, Santa Cruz de la Sierra, 9 julio 2015). Está en sus manos.

 “Pero esas son cosas inalcanzables”, dirá alguno. Sí. Pero tienen la capacidad de ponernos en  movimiento, de ponernos en camino. Y ahí reside precisamente toda la fuerza de ustedes, todo el  valor de ustedes. Porque son capaces de ir más allá de miopes autojustificaciones y  convencionalismos humanos que lo único que logran es seguir justificando las cosas como están.  Sueñen. Sueñen juntos. No caigan en esa resignación dura y perdedora... El tango lo expresa tan bien:  “Dale que va, que todo es igual. Que allá en el horno se vamo a encontrar”. No, no, no caigan en eso  por favor. Los sueños son siempre peligrosos para aquellos que defienden el statu quo porque  cuestionan la parálisis que el egoísmo del fuerte o el conformismo del débil quieren imponer. Y aquí  hay como un pacto no hecho, pero es inconsciente: el egoísmo del fuerte con el conformismo del  débil. Esto no puede funcionar así. Los sueños desbordan los límites estrechos que se nos imponen y  nos proponen nuevos mundos posibles. Y no estoy hablando de ensoñaciones rastreras que confunden  el vivir bien con pasarla bien, que no es más que un pasar el rato para llenar el vacío de sentido y así  quedar a merced de la primera ideología de turno. No, no es eso, sino soñar, para ese buen vivir en  armonía con toda la humanidad y con la creación.

Pero, ¿cuál es uno de los peligros más grandes que enfrentamos hoy? A lo largo de mi vida  —no tengo quince años, o sea, cierta experiencia tengo—, pude darme cuenta de que de una crisis  nunca se sale igual. De esta crisis de la pandemia no vamos a salir igual: o se sale mejor o se sale  peor, igual que antes, no. Pero nunca saldremos igual. Y hoy día tenemos que enfrentar juntos,  siempre juntos, esta cuestión: ¿Cómo saldremos de estas crisis? ¿Mejores o peores? Queremos salir  ciertamente mejores, pero para eso debemos romper las ataduras de lo fácil y la aceptación dócil de  que no hay otra alternativa, de que “éste es el único sistema posible”, esa resignación que nos anula,  de que sólo podemos refugiarnos en el “sálvese quien pueda”. Y para eso hace falta soñar. Me  preocupa que mientras estamos todavía paralizados, ya hay proyectos en marcha para rearmar la  misma estructura socioeconómica que teníamos antes, porque es más fácil. Elijamos el camino difícil, salgamos mejor.

En Fratelli tutti utilicé la parábola del Buen Samaritano como la representación más clara de esta opción comprometida en el Evangelio. Me decía un amigo que la figura del Buen Samaritano  está asociada por cierta industria cultural a un personaje medio tonto. Es la distorsión que provoca el hedonismo depresivo con el que se pretende neutralizar la fuerza transformadora de los pueblos y en especial de la juventud.

¿Saben lo que me viene a la mente a mí ahora, junto a los movimientos populares, cuando pienso en el Buen Samaritano? ¿Saben lo que me viene a la mente? Las protestas por la muerte de George Floyd. Está claro que este tipo de reacciones contra la injusticia social, racial o machista pueden ser manipuladas o instrumentadas para maquinaciones políticas y cosas por el estilo; pero lo esencial es que ahí, en esa manifestación contra esa muerte, estaba el “samaritano colectivo” —¡que no era ningún bobeta!—. Ese movimiento no pasó de largo cuando vio la herida de la dignidad humana golpeada por semejante abuso de poder. Los movimientos populares son, además de poetas sociales, “samaritanos colectivos”.

En estos procesos hay tantos jóvenes que yo siento esperanza...; pero hay muchos otros jóvenes que están tristes, que tal vez para sentir algo en este mundo necesitan recurrir a las consolaciones baratas que ofrece el sistema consumista y narcotizante. Y otros, es triste, pero otros optan por salir del sistema. Las estadísticas de suicidios juveniles no se publican en su total realidad.  Lo que ustedes realizan es muy importante, pero también es importante que logren contagiar a las  generaciones presentes y futuras lo mismo que a ustedes les hace arder el corazón. Tienen en esto un  doble trabajo o responsabilidad. Seguir atentos, como el buen Samaritano, a todos aquellos que están  golpeados por el camino pero, a su vez, buscar que muchos más se sumen en este sentir: los pobres y  oprimidos de la tierra se lo merecen, nuestra casa común nos lo reclama.

Quiero ofrecer algunas pistas. La Doctrina social de la Iglesia no tiene todas las respuestas, pero sí algunos principios que pueden ayudar a este camino a concretizar las respuestas y ayudar tanto  a los cristianos como a los no cristianos. A veces me sorprende que cada vez que hablo de estos principios algunos se admiran y entonces el Papa viene catalogado con una serie de epítetos que se  utilizan para reducir cualquier reflexión a la mera adjetivación degradatoria. No me enoja, me entristece. Es parte de la trama de la post-verdad que busca anular cualquier búsqueda humanista  alternativa a la globalización capitalista, es parte de la cultura del descarte y es parte del paradigma  tecnocrático.

Los principios que expongo son mesurados, humanos, cristianos, compilados en el  Compendio elaborado por el entonces Pontificio Consejo “Justicia y Paz”.[3] Es un manualito de la  Doctrina social de la Iglesia. Y a veces cuando los Papas, sea yo, o Benedicto, o Juan Pablo II decimos alguna cosa, hay gente que se extraña, ¿de dónde saca esto? Es la doctrina tradicional de la Iglesia.  Hay mucha ignorancia en esto. Los principios que expongo, están en ese libro, en el capítulo cuarto.  Quiero aclarar una cosa, están compilados en este Compendio y este Compendio fue encargado por san Juan Pablo ll. Les recomiendo a ustedes y a todos los líderes sociales, sindicales, religiosos,  políticos y empresarios que lo lean.

En el capítulo cuarto de este documento encontramos principios como la opción preferencial  por los pobres, el destino universal de los bienes, la solidaridad, la subsidiariedad, la participación, el  bien común, que son mediaciones concretas para plasmar a nivel social y cultural la Buena Noticia  del Evangelio. Y me entristece cuando algunos hermanos de la Iglesia se incomodan si recordamos  estas orientaciones que pertenecen a toda la tradición de la Iglesia. Pero el Papa no puede dejar de  recordar esta doctrina, aunque muchas veces le moleste a la gente, porque lo que está en juego no es  el Papa sino el Evangelio.

Y en este contexto, quisiera rescatar brevemente algunos principios con los que contamos para llevar adelante nuestra misión. Mencionaré dos o tres, no más. Uno es el principio de solidaridad. La solidaridad no sólo como virtud moral sino como un principio social, principio que busca enfrentar los sistemas injustos con el objetivo de construir una cultura de la solidaridad que exprese — literalmente dice el Compendio— «una determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien  común» (n. 193).

Otro principio es estimular y promover la participación y la subsidiariedad entre movimientos y entre los pueblos capaz de limitar cualquier esquema autoritario, cualquier colectivismo forzado o cualquier esquema estado céntrico. El bien común no puede utilizarse como excusa para aplastar la iniciativa privada, la identidad local o los proyectos comunitarios. Por eso, estos principios promueven una economía y una política que reconozca el rol de los movimientos populares, «la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales; en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional y político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento  social». Esto en el número 185 del Compendio.

Como ven, queridos hermanos, queridas hermanas, son principios equilibrados y bien establecidos en la Doctrina social de la Iglesia. Con estos dos principios creo que podemos dar el  próximo paso del sueño a la acción. Porque es tiempo de actuar.

 Tiempo de actuar

Muchas veces me dicen: “Padre, estamos de acuerdo, pero, en concreto, ¿qué debemos hacer?”. Yo no tengo la respuesta, por eso debemos soñar juntos y encontrarla entre todos. Sin  embargo, hay medidas concretas que tal vez permitan algunos cambios significativos. Son medidas que están presentes en vuestros documentos, en vuestras intervenciones y que yo he tomado muy en cuenta, sobre las que medité y consulté a especialistas. En encuentros pasados hablamos de la integración urbana, la agricultura familiar, la economía popular. A estas, que todavía exigen seguir trabajando juntos para concretarlas, me gustaría sumarle dos más: el salario universal y la reducción de la jornada de trabajo.

Un ingreso básico (el IBU) o salario universal para que cada persona en este mundo pueda acceder a los más elementales bienes de la vida. Es justo luchar por una distribución humana de estos recursos. Y es tarea de los Gobiernos establecer esquemas fiscales y redistributivos para que la riqueza de una parte sea compartida con la equidad sin que esto suponga un peso insoportable, principalmente para la clase media —generalmente, cuando hay estos conflictos, es la que más sufre—. No olvidemos que las grandes fortunas de hoy son fruto del trabajo, la investigación científica y la innovación técnica de miles de hombres y mujeres a lo largo de generaciones.

La reducción de la jornada laboral es otra posibilidad, el ingreso básico uno, es una posibilidad, la otra es la reducción de la jornada laboral. Y hay que analizarla seriamente. En el siglo XIX los obreros trabajaban doce, catorce, dieciséis horas por día. Cuando conquistaron la jornada de ocho horas no colapsó nada como algunos sectores preveían. Entonces, insisto, trabajar menos para que más gente tenga acceso al mercado laboral es un aspecto que necesitamos explorar con cierta  urgencia. No puede haber tantas personas agobiadas por el exceso de trabajo y tantas otras agobiadas por la falta de trabajo.

Considero que son medidas necesarias, pero desde luego no suficientes. No resuelven el problema de fondo, tampoco garantizan el acceso a la tierra, techo y trabajo en la cantidad y calidad que los campesinos sin tierras, las familias sin un techo seguro y los trabajadores precarios merecen.  Tampoco van a resolver los enormes desafíos ambientales que tenemos por delante. Pero quería mencionarlas porque son medidas posibles y marcarían un cambio positivo de orientación.

Es bueno saber que en esto no estamos solos. Las Naciones Unidas intentaron establecer algunas metas a través de los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), pero  lamentablemente desconocidas por nuestros pueblos y las periferias; lo que nos recuerda la  importancia de compartir y comprometer a todos en esta búsqueda común.

Hermanas y hermanos, estoy convencido de que el mundo se ve más claro desde las periferias.  Hay que escuchar a las periferias, abrirle las puertas y permitirles participar. El sufrimiento del mundo se entiende mejor junto a los que sufren. En mi experiencia, cuando las personas, hombres y mujeres que han sufrido en carne propia la injusticia, la desigualdad, el abuso de poder, las privaciones, la xenofobia, en mi experiencia veo que comprenden mucho mejor lo que viven los demás y son capaces  de ayudarlos a abrir, realísticamente, caminos de esperanza. Qué importante es que vuestra voz sea escuchada, representada en todos los lugares de toma de decisión. Ofrecerla como colaboración, ofrecerla como una certeza moral de lo que hay que hacer. Esfuércense para hacer sentir su voz y también en esos lugares, por favor, no se dejen encorsetar ni se dejen corromper. Dos palabras que tienen un significado muy grande, que yo no voy a hablar ahora.

Reafirmemos el compromiso que tomamos en Bolivia: poner la economía al servicio de los pueblos para construir una paz duradera fundada en la justicia social y el cuidado de la Casa común.  Sigan impulsando su agenda de tierra, techo y trabajo. Sigan soñando juntos. Y gracias, gracias en  serio, por dejarme soñar con ustedes.

Pidámosle a Dios que derrame su bendición sobre nuestros sueños. No perdamos las esperanzas. Recordemos la promesa que Jesús hizo a sus discípulos: “siempre estaré con ustedes” (cf.  Mt 28,20); y recordándola, en este momento de mi vida, quiero decirles también que yo voy a estar con ustedes. También lo importante es que se den cuenta de que está Él con ustedes. Gracias.

_____________________

[1] “El virus del hambre se multiplica”, Informe de Oxfam del 9 de julio de 2021, en base al Global Report on Food Crises  (GRFC) del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.

[2] Carta a los movimientos populares, 12 abril 2020.

[3] Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2004. [01413-ES.01] [Texto original: Español]

viernes, 2 de abril de 2021

 


EL SUFRIMIENTO EN LAS DISTINTAS CULTURAS

 (IV)


EL CRISTIANISMO


I


CONCEPTOS Y CATEGORIAS CULTURALES


Son varias las cuestiones que se plantean en el pensamiento cristiano y sobre las que, al menos, conviene reflexionar.

a)- La doctrina del Concilio Vaticano II: los contextos culturales y el lenguaje de la Biblia.

          b)- El valor de los conceptos y categorías culturales del Judaísmo de la antigüedad y su influencia en la formación del pensamiento y expresión cultural del Cristianismo posterior.

    c)- Las divergencias del Cristianismo, respecto de las categorías culturales, del Judaísmo.


a)- El lenguaje y las categorías culturales en el Vaticano II.

Respecto de la cuestión relativa a las formas y lenguaje a través de los que se expone la doctrina, el Concilio Vaticano II resalta la importancia del contexto cultural y formas de los géneros literario en los que se manifestó la Revelación:

Para descubrir la intención de los hagiógrafos ( autores), entre otras cosas, hay que atender a los géneros literarios, puesto que la verdad se propone y se expresa ya de maneras diversas en los textos de diverso género, históricos, proféticos, poéticos o en otras formas de hablar.(....). Pues para entender rectamente, lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente, tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiófrafo, como a las que en aquella época, solían usarse en el trato mutuo de los hombres.” (Vaticano II. Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación. Capítulo III. Apartado 12 )


Para a continuación, tras exponer las cambios que ha experimentado la sociedad , en los distintos ámbitos científicos, técnicos y sociales, señala su influencia en otros ámbitos:

Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí, una grave perturbación en el comportamiento y aún en las mismas normas reguladoras de éste. Las nuevas condiciones, ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una parte, el espíritu crítico más agudizado, lo purifica de un concepto mágico del mundo y de residuos supersticiosos, y exige cada vez más, una adhesión verdaderamente personal y operante de la fe.(....). Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia, bajo el signo del desorden, y la misma conciencia agudizada por la contradicciones existentes hoy en el mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios. ( Vaticano II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo. Exposición Preliminar. Apartado 7).


En uno y otro documento del Vaticano II, hay una invitación a crear nuevos lenguajes y categorías culturales que permitan dar respuesta a los graves interrogantes que provocan angustia y desazón a la humanidad y elegir su futuro:

De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien, que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado y que pueden aplastarle o salvarle. Por ello se interroga a sí mismo. (Vaticano II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo. Exposición Preliminar. Apartado 9 ):

Ante esta disyuntiva, formula varios interrogantes: “ Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos, los que se plantean o los que acometen con nueva penetración, las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar tantos progresos hechos, subsisten todavía?, ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio?, ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad ?, ¿Qué puede esperar de ella?, Qué hay después de esta vida temporal?. (Vaticano II. Constitución Pastoral la Iglesia en el Mundo. Exposición Preliminar. Apartado 10)


b)- Las categorías culturales del Judaísmo que han influido en el Cristianismo.

Sin duda la influencia del Judaísmo en la conformación de las categorías y conceptos del Cristianismo, aunque no exclusivamente, ha sido muy importante. Destacan entre otras:

  • La afirmación del monoteísmo y la creencia en un sólo Dios, creador del Universo.

  • La irrupción de la vida del hombre y de toda manifestación de vida, como obra de Dios, así como la capacidad del hombre para reconocer a su Creador, como Señor del Universo.

  • El don de la libertad humana y la capacidad para discernir entre el bien y el mal, y la opción de aceptar a Dios o rechazarle.

  • La importancia de la dimensión colectiva y la pertenencia a un pueblo con identidad propia y capacidad para convivir en comunidad y dotarse de leyes. para su regulación y supervivencia.

  • El mensaje de salvación y protección de Dios a su pueblo, aunque no con carácter universal.

  • A esta tradición religiosa, se unió el reconocimiento de los patriarcas de la Antigua Alianza y los Profetas, cuyas vidas, los mandatos de las Tablas de la Ley y oráculos, fueron respetados y también asumidos como caminos que conducen a su Dios y a colmar las esperanzas que están puestas en Él.

  • Todas ellas, fueron decisivas, no sólo en la vida de Jesús de Nazaret , sino determinantes en sus primeros seguidores y en la comunidad cristiana, cuyas creencias religiosas iniciales, eran las del Judaísmo, predominante en la región de Galilea y Judea.


c)- Las divergencias de las proposiciones religiosas y culturales del Cristianismo respecto del Judaismo.

Existen, sin duda, importantes diferencias entre la cosmovisión religiosa del Cristianismo respecto de las defendidas por el Judaísmo, aunque el Cristianismo surgió del movimiento religioso judío y le tiene como punto de partida. Sin embargo:


  • Las nuevas ideas y actitudes de vida que anunciaba Jesús de Nazaret, pretendían reformar el anquilosado sistema de creencias y de poder del Judaismo, encorsetado en las innumerables normas que se habían incorporando en su desarrollo, a la Ley de Moisés, llenas de prohibiciones que regulaban la vida de los judíos. La posición mas conservadora eran, de una parte, los fariseos y los escribas, que percibían que se le podía derrumbar toda la estructura normativa y jurídica construida en el último milenio. De otra, los sacerdote y levitas, servidores que atendían el Templo y realizaban los sacrificios rituales exigidos por la Ley de Moisés, que podrían perder gran parte de su poder social y ante las autoridades romanas. Fueron ellos los que rechazaron el mensaje de reforma y conversión que les ofrecía Jesús de Nazaret y finalmente, optaron por matarlo.

  • El Reino de Dios que proclamaba Jesús de Nazaret, abría las ventanas de la antigua Alianza a todas las gentes, en una Nueva Alianza, rompiendo el exclusivismo monoteísta del Judaísmo, con un mensaje universal dirigido a todas las gentes; y se dirigía al Padre, como el Dios cercano y próximo al que sufre, al hambriento, al desnudo, al que no tiene un techo para vivir; e insuflaba un viento fresco para volver a las fuentes primigenias, primando el pensamiento y la esperanza de los grandes profetas de Israel. Sus palabras eran percibidas por las gentes, como surgidas con la autoridad de los Profetas y como un enviado de Dios.

  • Proclamó como máximos valores de su predicación, ya fuese en las sinagogas donde se reunían los judíos o en la orilla del río Jordán, la misericordia y el amor del Padre a todos los hombres; pasó su vida, curando las dolencias de los que sufrían y estaban excluidos de la sociedad, y perdonaba sus delitos y pecados. Todo ello suponía una gran conmoción de las viejas certezas que ofrecía la casuistica de la moral judía, y las normas dictadas e interpretadas por los escribas y sacerdotes.

  • Ya en sí mismo, la persona de Jesús de Nazaret, fue cuestionada desde el inicio de su vida pública, por los dirigentes religiosos: levitas, escribas, fariseos y saduceos, incluso negaban la autoridad que tenía para presentarse como Hijo del Hombre o Hijo de Dios, y para sanar a los enfermos. Muchos se preguntaban: ¿Quién es éste que hasta los espíritus le obedecen?.

  • La diferencia sustancial era entre la concepción del Mesías esperado por el Judaismo, que restablecería el poder temporal, la grandeza y la magnificencia del rey David; y de otra parte, el Hijo del Hombre o Hijo de Dios, cercano a los pobres y excluidos de la sociedad, a los que curaba y daba esperanza, en un mundo en el que ellos no tenían cabida. Este nuevo Mesias anunciaba que su Reino no era de este mundo y su mandato era el amor al prójimo.

  • Otro aspecto sustantivo del mensaje de Jesús de Nazaret fue el reconocimiento de la persona y la dimensión individual de la responsabilidad, y su libertad, rompiendo la vieja creencia en la antigüedad, de una responsabilidad colectiva, que se transmitía de padres a hijos, Finalmente, y como gran novedad, ofreció a sus seguidores, una religiosidad sin intermediación de los servidores del Templo, fundamentada en una relación personal con el Padre, cuando le pidió a la mujer samaritana, sentado junto al pozo, que le diese de beber.

  • Su mensaje de la inminente llegada del Reino de Dios, a los hombres y mujeres de buena voluntad que le aceptaran como enviado por Dios, en esta vida; y en la promesa, mas allá de los límites de la vida temporal, de la fragilidad y vulnerabilidad, en una eternidad, en los brazos del Padre y del misterio del Universo, era una inmensa esperanza.

  • La fe pascual en la resurrección de Jesús, es un elemento central del Cristianismo, de la que dieron testimonio sus discípulos, reunidos y escondidos por miedo a las represalias de los judios. Su fundamentación no es racional, sino únicamente por la fe y por la confianza en las palabras que pronunció Jesús: “Yo soy, la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, vivirá para siempre.” (Juan 11. 25)


II


¿ NUEVO LENGUAJE Y CAMINOS DEL CRISTIANISMO ?


A lo largo de sus dos milenios, el Cristianismo se ha planteado, en numerosas ocasiones, si su futuro debía estar orientado al pasado, con sus formas, ritos y normas, o por el contrario, tenía que actualizar el mensaje evangélico con nuevo lenguaje y categorías culturales, que correspondiesen a los cambios de la sociedad . Así lo entendieron tanto Pedro como Pablo, cuando convocaron la primera reunión apostólica en Jerusalen para decidir si los nuevos cristianos, gentiles conversos, tenían o no que circuncidarse, como prescribían las leyes de Moisés. Ambos, estaban de acuerdo que no era obligatorio imponer a los gentiles que deseaban incorporarse a la comunidad cristiana, dicha norma y desde entonces la circuncisión no fué exigible. Del mismo modo, la asistencia a las sinagogas progresivamente fue sustituida por asambleas cristianas, en las que se recordaba la última cena del Señor, con la fracción del pan, acompañada de himnos y cánticos. Igualmente sucedió con la prohibición de trabajar el Sábado, que debía ser reconsiderada en determinadas circunstancias, porque el hombre no es para el Sábado, sino el Sábado para el hombre. Sucesivamente, las comunidades cristianas se adaptaron a las circunstancias, según fuese en la época de las persecuciones o tras el fin de aquellas, en el año 311 d.C. y la libertad de cultos y de religión a partir del Edicto de Milán en el 313 d. C.


Es el propio Concilio Vaticano II, como ha sido analizado anteriormente, el que acordó en sus Constituciones, sobre la Divina Revelación y sobre la Pastoral de la Iglesia y el Mundo, la necesidad de adecuar el lenguaje de la escritura, de la liturgia en las distintas celebraciones, de las homilías y de los libros destinados a la educación de la Religión Cristiana, a los nuevos tiempos; así lo entendió el Papa Juan XXIII: la Iglesia necesitaba un aggiornamento y para ello convocó el Concilio Vaticano II. Entre otros aspectos, debiera hacerse un mayor esfuerzo por parte de los teólogos, los especialistas en las Escrituras, los filólogos y los educadores y pedagogos, en acometer una modernización de los géneros literarios y su inteligibilidad, evitando algunas incoherencias y confusiones, carentes de sentido. A título de ejemplo, resulta incomprensible, que se haya olvidado el texto que narra el encuentro de Jesús, con un ciego y los discípulos, educados éstos, en el paradigma judío de que toda enfermedad o sufrimiento era consecuencia del pecado de las persona o de sus ascendientes, que le preguntaron a Jesús:

Maestro ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?. Jesús contestó. Ni él ni sus padres han pecado, sino que ha ocurrido así para que se manifieste en él, las obras de Dios.”. (Juan 9.1-3)


Aún así, es muy frecuente en los textos litúrgicos y en las homilías, hablar del castigo de los hombres por sus pecados cometidos contra Dios, incluso que Cristo murió a causa de los pecados de los hombres, confundiendo la responsabilidad y la culpa de la crucifixión de Jesús de Nazaret, con el perdón general que éste concedió, en un acto de suprema generosidad, a sus verdugos y a todos los que en su nombre, se arrepienten de sus delitos y fechorías. De aquella forma, se contradicen las palabras de Jesús al negar éste, que la causa de la enfermedad del ciego, fuesen sus pecados o los de sus padres, al responder a sus discípulos; y de Pedro, al señalar que la responsabilidad de la muerte de Jesús de Nazaret, era de las autoridades religiosa y gente judía, a quienes consideraba culpables.


Lo dicho anteriormente, no significa olvidar, que la raíz de la violencia y del sufrimiento moral de la humanidad , anida en su corazón y procede de decisiones y actos que deliberadamente adoptan los seres humanos (el odio, la injuria, el desprecio al diferente y al necesitado, la guerra, la esclavitud y opresión a los pueblos). Hay otra violencia física, que también produce grandes sufrimientos y que tiene su origen en causas y procesos que se desencadenan en la naturaleza, por las leyes de la biología, como las enfermedades y la muerte, y aquellos otros, cuyo origen corresponde explicar a la meteorología y a la geología, ( terremotos, sunamis, maremotos, erupciones volcánicas, huracanes, tifones, inundaciones de las lluvias, incendios etc.) También hoy, es frecuente constatar el sufrimiento y la violencia mixta, en la que participan decisiones humanas y naturales, que no han sido deliberadamente deseadas ( accidentes derivados de fallos del progreso técnico, sean nucleares, de transportes aéreos, ferroviarios y automovilista, el deterioro del medio ambiente, ya sea la contaminación de los océanos, de la atmósfera, de los recursos naturales etc..), pero han ocurrido por negligencia y falta de prudencia al no evaluar los riesgos que se asumían. En definitiva, no de todo sufrimiento y violencia, son responsables los seres humanos, pero en buena medida sí lo son, y mucho progresaría la humanidad si hubiese una mayor conciencia de ello y mayor compromiso por proteger y cuidar de la Humanidad y de la Tierra.








 

EL SUFRIMIENTO EN LAS DISTINTAS CULTURAS

(III)



EL CRISTIANISMO


I


AÑOS DE PERSECUCIÓN


Para entender la cosmovisión que tuvieron los primeros cristianos acerca del sufrimiento humano, hay que situar el contexto histórico de sus protagonistas, y las dificultades que afrontaron en los tres siglos que siguieron a la muerte de Jesús de Nazaret.


En primer lugar, fue un período de persecuciones que sufrieron, inicialmente promovidas por las autoridades religiosas del Judaísmo, al decidir éstas, que las nuevas creencias en Jesús Nazareno, surgidas en grupos minoritarios de Jerusalén y otras ciudades de Judea, constituían un grave riesgo para la tradición y leyes judía y para el estatus social de los sacerdotes, levitas y escribas. De este modo se describe la oración de los cristianos, suplicantes:

Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra el santo siervo Jesús, a quién has ungido, para realizar lo que en tu poder y en tu sabiduría habías predeterminado que sucediera. Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios, por el nombre de su santo siervo Jesús.” (Hechos de los Apóstoles 4. 27-31).


Se corresponde con la etapa pre-cristiana de Saulo, judío ferviente y conocedor de los libros del Antiguo Testamento, que persiguió a los primeros cristianos, considerados como una secta herética del Judaísmo, y testigo de la lapidación y muerte de Esteban.

Y gritando a grandes voces se taparon sus oídos, y se arrojaron a una sobre él, y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon. Y los testigos dejaron los vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Y apedrearon a Esteban, que oraba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, gritó con fuerte voz: Señor: no les tengas en cuenta este pecado. Y dicho esto, se durmió. Y Saulo consentía en su muerte.

Surgió en aquel día, una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Y a Esteban le enterraron unos varones piadosos, e hicieron sobre él gran luto. Saulo, en cambio, asolaba la Iglesia, entrando por las casas, y arrastrando hombres y mujeres, los encarcelaba.” (Hechos de los Apostoles 7. 57-59 y 8. 1-3):


En segundo lugar, esta persecución a los cristianos, iniciada con Herodes Antipas, bajo el imperio de Tiberio, prosiguió con Herodes Agripa, rey de Judea, siendo emperadores de Roma, Calígula que murió asesinado en el año 41 d.C, y Claudio, que le sucedió. Se sabe que Herodes Agripa, ordenó degollar al apóstol Santiago, hermano de Juan, y encarcelar a Pedro. (Hechos de los Apóstoles 12.1-3). La persecución contra los cristianos, de la que hay referencias del martirio de Pedro y Pablo en Roma, y que posiblemente aconteció en la década de los 60, se intensificó a raíz del incendio de la ciudad de Roma, en el año 64 d.C, atribuido a ellos, por el emperador Nerón, que ordenó duras medidas contra los cristianos. Durante un largo período, se fueron alternando etapas de mayor o menor tolerancia, hasta el año 250 d.C. en el que Decio, emperador del imperio romano, aprobó un Decreto por el que se ordenaba encarcelar a los cristianos e incautar sus bienes, si no rendían cultos a los dioses de Roma. Aunque es difícil estimar las personas que fueron perseguidas, los historiadores hablan de represalias de los cristianos que formaban parte, incluso, de las legiones romanas, ya fuesen soldados u oficiales y de funcionarios. Sin embargo la mayor persecución tuvo lugar en el año 303 d.C. y siguientes, siendo emperadores Diocleciano y Galerio, al publicar éstos, un Edicto contra los Cristianos, por el que se les prohibía el culto, tener templos, y propiedades, con penas de cárcel e incluso con la pena de muerte, así como el ejercicio de cualquier cargo público, civil o militar. Esta persecución cesó siendo emperadores Constantino y Majencio en 311, y abolida con la publicación del Edicto de Milán en el año 313.


No sólo el recuerdo de la Pasión y Muerte de Jesús de Nazaret, formó parte, inicialmente de la tradición oral entre las primeras comunidades cristianas y posteriormente, por escrito en la cuatro evangelios: de Marcos, Mateo, Lucas y de Juan, como es bien conocido, lo que perduró en la memoria colectiva; sino también la experiencia vivida por las primeras generaciones de cristianos, con las persecuciones, expolio y muerte, decretadas por las autoridades del imperio romano. Estas circunstancias fueron determinantes, para comprender el significado del sufrimiento en el primer cristianismo y su alcance, en el conjunto de su doctrina, como elemento constitutivo de sus ideas y creencias. No ha sido un elemento marginal en el conjunto de la tradición cristiana, aunque en sí mismo no abarca la totalidad del mensaje cristiano. De otra parte, el legado cultural y religioso del Judaismo, analizado anteriormente, ejerció una influencia muy importante en la formación doctrinal del cristianismo, dado que la educación de Jesús de Nazaret y de los Apóstoles que la hubiesen recibido, sería en sus familias y en las escuelas rabínicas. Es un hecho que el Cristianismo surgió en el seno de la comunidad judía, asentada en Judea y Galilea, anexionadas al imperio romano, desde que Pompeyo las sometió a la dominación de Roma en el año 67 a.C. Por aquellos años, eran emperadores de Roma: Cesar Augusto, bajo cuyo poder nació Jesús de Nazaret; Tiberio, bajo cuyo poder, Jesús de Nazaret fué condenado a la crucifixión en Jerusalen, siendo representante del emperador en Judea, Poncio Pilatos; al que le siguieron sucesivos emperadores: Calígula, Claudio, Nerón y otros. Los principales acontecimientos del Cristianismo, inicialmente, tuvieron lugar bajo el reinado de Herodes el Grande, Arquelao, Herodes Antipas y Herodes Agripa, sobre los territorios a uno y otro lado del río Jordán, (Galilea, Judea, Samaria e Idumea) que reconocían la autoridad y las leyes de Roma.


II


PEDRO Y PABLO: FORJADORES DEL CRISTIANISMO


Se les considera como las dos figuras mas importantes del primer Cristianismo y por esta razón, se analizan algunos aspectos de interés, para el tema que nos ocupa: el sufrimiento. Tanto Pedro, amigo y fiel discípulo de Jesús de Nazaret, desde los primeros momentos de su vida pública, como Pablo, tras su conversión , posterior a los hechos de la Pascua, ofrecen aspectos y matices a considerar.


Respecto de Pedro, en su discurso al pueblo, ofrece un resumen de los hechos relevantes acaecidos en torno a la muerte de Jesús de Nazaret:

Entonces Pedro, tomó la palabra y dijo: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación, el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz, por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Vosotros sabéis, lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo, cómo Dios, a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder; y cómo el pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos, de todo lo que hizo en la región de los judíos, y en Jerusalén, a quien llegaron a matar, colgándole de un madero. A éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano; a nosotros que comimos y bebimos con él, después que resucitó de entre los muertos.” ( Hechos de los Apóstoles 10.34-41)


Contrapone la imagen del enviado y ungido de Dios, para anunciar la Buena Nueva de la paz a los hijos de Israel, que recorrió los caminos de Judea y Galilea, haciendo el bien y curando a los oprimidos de sus males; con los hechos que finalmente sucedieron en Jerusalén, matando a Jesús, colgado de un madero, máxima pena y humillante, que solía imponerse a los criminales. Esta contraposición de imágenes y hechos, indica que a Jesús de Nazaret, le infligieron al mismo tiempo, un sufrimiento físico hasta la muerte, y un sufrimiento moral por no aceptar su mensaje de paz, entrega y amor al desvalido y enfermo. Y anunciaba Pedro, que, a ese hombre que los judíos despreciaron y mataron, Dios le había resucitado, porque Dios vence al sufrimiento y a la muerte. Aunque en el anterior discurso de Pedro, se indica que la muerte de Jesús tuvo lugar en Jerusalen, sin señalar la responsabilidad y culpabilidad de ese crimen, sin embargo en otros pasajes es más explícito :

Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros, con milagros y y señales que Dios obró por medio de él, entre vosotros, como vosotros mismos sabéis; a este que fue entregado según determinado designio y conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de las ataduras de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio.”. (Hechos de los Apóstoles 2. 22-24)


Reiteraba Pedro, en otro pasaje, dirigido a los israelitas, su responsabilidad en la muerte de Jesús, y también en la denegación de la prerrogativa de gracia o indulto, que Poncio Pilato deseaba conceder a Jesús; y se la pidieron, por el contrario, a favor de un criminal llamado Barrabás.

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando éste estaba decidido a ponerle en libertad. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se concediera el perdón a un asesino, y matasteis al autor de la vida. Pero, Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.” (Hechos de los Apóstoles 3. 13-15)


Para Pedro, la responsabilidad directa de la tortura y de la muerte de Jesús, era tanto del pueblo de Israel como de sus autoridades religiosas y por esta razón anunciaba el perdón a aquellos que se arrepintiesen de sus pecados y de la muerte de Jesús.

Ya se hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. Pero Dios dio cumplimento de este modo, a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería. Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al que os había sido destinado, Cristo Jesús.“ (Hechos de los Apóstoles 3.17-19):


Al final de su vida, Pedro conoció la persecución contra él y sus hermanos en la fe, intensificada por el emperador Nerón, tras el incendio de la ciudad de Roma en el año 64; y en este contexto, pudiera interpretarse que se hace referencia indirectamente al incendio de Roma al hablar del fuego, pero lo más relevante para él, era compartir ese sufrimiento, con el que padeció con Cristo

Queridos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño. Más bien alegraos, en la medida que participáis en el sufrimiento de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros, tenga que sufrir, ni por criminal, ni por ladrón, ni por malhechor, ni por entrometido, pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios, por llevar este nombre.” ( I Epistola de San Pedro. 4.12- 16)


La vida y la obra de Pablo de Tarso, en la formación del Cristianismo ha sido de una enorme importancia, tanto por la amplitud de su doctrina, como por sus numerosos viajes por ciudades del mediterráneo oriental, anunciando el Evangelio de Jesucristo, y su influencia en las sucesivas generaciones de cristianos de los dos milenios transcurridos. Su vida pasó, de ferviente judío que persiguió a los cristianos, hasta entusiasta seguidor de Jesús de Nazaret, al que personalmente no llegó a conocer; y finalmente, fue a morir en Roma como mártir, probablemente también, en la década de los 60. Su brillante personalidad, respondía a su carácter y forma de ser y a su formación en la tradición de la doctrina del Judaísmo; su capacidad dialéctica y elocuencia llama la atención, en la defensa que hizo de su nueva identidad religiosa, en presencia del procurador romano Félix y del pontífice Ananias, ante la acusación de incitar alborotos y ser jefe de la secta de los nazarenos


Pablo, después de concederle la palabra el procurador, respondió: Yo sé que desde hace muchos años, eres juez de esta nación; por eso voy a exponer mi defensa. Tú mismo lo puedes comprobar. No hace más de doce años que yo subí a Jerusalen, en peregrinación, Y ni en el Templo, ni en las sinagogas, ni por la ciudad me han encontrado discutiendo con nadie, ni alborotando a la gente. Ni pueden tampoco probarte las cosas de que ahora me acusan. En cambio, te confieso que según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de mis padres, creo en todo lo que se encuentra en la Ley y está escrito en los Profetas, y tengo en Dios la misma esperanza que éstos tienen, de que habrá una resurrección, tanto de l,os justos, como de los pecadores. Por eso, yo también me esfuerzo por tener constantemente una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres.” ( Hechos de los Apóstoles 24. 10-16):


Intentaba Pablo, formando parte de la comunidad cristiana, ofrecer una nueva orientación a sus creencias religiosas, sin renunciar a las raices del Judaismo. A esta tarea se dedicó, intentando conciliar la tradición de Moisés y de los Profetas con las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Esta es una de las claves para entender la asunción del legado cultural y religioso de la Antigua Alianza por el Cristianismo, que será llamada Nueva Alianza. El análisis de Pablo acerca del sufrimiento difiere en alguna medida, del formulado por Pedro y elabora un giro teológico, cuya raíz está en la interpretación que hace de la desobediencia de Adán en el Jardín del Edén, tal como queda reflejado:

Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, porque todos pecaron; ya antes de la Ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa, no existiendo ley. Sin embargo reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún sobre los que no pecaron, lo mismo que pecó Adán, el cual es figura del que iba a venir. Más el don no fue como el delito; pues, si por la caída de uno, murieron todos, mucho más la gracia de Dios y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo, superó en todos.(…..). Por tanto si por la caída de uno, la condenación alcanzó a todos los hombres, así también por la justicia de uno, llega a todos los hombres la justificación de vida.” ( Epístola a los Romanos 5.12- 15):


Con la finalidad de proclamar y resaltar la salvación traída por Jesucristo para todos los hombres, Pablo toma como argumento el pecado de Adán, y la muerte, como castigo. De este modo, si por un sólo hombre, Adán, que pecó, vino la muerte y el sufrimiento a toda la humanidad, igualmente, por un sólo hombre, Jesucristo, vino la salvación. Es un mensaje expresado en un lenguaje de gran sencillez y comprensión, para ser aceptado por los judíos y los gentiles conversos. Pablo, para algunos exégetas, utiliza el paradigma del castigo por el pecado de Adán que se transmite a sus descendientes, tomando literalmente el texto del Génesis. La misma cultura de los dramaturgos griegos, era valedora del castigo de los dioses por los pecados, y que Pablo, probablemente, conocía de sus frecuentes viajes a las ciudades griegas, Esta misma idea, está formulada en la Epístola a los Hebreos, atribuida al apóstol Pablo, aunque no de forma unánime, comparando, de una parte, el sacrificio y la sangre derramada de becerros y machos cabríos, ordenados por Moises, como prueba de la Antigua Alianza, y de otra, la sangre derramada en la cruz por Jesucristo:

Pues debería haber padecido él, muchas veces desde la creación del mundo; más ahora se ha manifestado una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado, por el sacrificio de sí mismo. Y del mismo modo, que está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego el juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez, para quitar los pecados de muchos, se aparecerá por segunda vez sin pecado, a los que le esperan para su salvación. (Epístola a los Hebreos.9.26-28):


A partir de este enfoque, una importante corriente del Cristianismo ha interpretado que los pecados de la humanidad han sido los causantes de la muerte de Jesucristo, marginando la interpretación de Pedro, antes indicada. Esta interpretación mayoritaria, independientemente de que tenga o no, su fundamento en la Epístola a los Romanos, imputa la responsabilidad y culpabilidad de la muerte de Jesús de Nazaret, a la humanidad por causa de sus pecados, frente a la visión de Pedro, que vivió más estrechamente los hechos, y que de forma clara, atribuía dicha responsabilidad, a las autoridades religiosas judías y al pueblo que exigía su muerte.


III


EL SUFRIMIENTO QUE VIÓ Y VIVIÓ JESÚS


La información que proporciona la lectura de los evangelistas Marcos, Mateo, Lucas y Juan, probablemente escritos por diferentes comunidades cristianas, bajo la advocación de los citados apóstoles, permiten profundizar, en algunos rasgos de la visión que tenía Jesús de Nazaret, acerca del sufrimiento de la humanidad. Cabe señalar varias dimensiones del sufrimiento, con escasas variaciones de unos a otros evangelistas. A saber:

a).- La actitud de Jesús de Nazaret ante el sufrimiento del prójimo y de la gente que le seguía y acompañaba, y su disposición a favor de estas personas, de modo preferente.

b).- El sufrimiento moral de Jesús de Nazaret ante las autoridades religiosas judías y ante Poncio Pilato.

c).- El sufrimiento físico infligido a Jesús de Nazaret por las autoridades religiosas y políticas de su época.


a)- Ante el sufrimiento de las gentes.

En primer lugar, la actitud de Jesús, ante el sufrimiento de las gentes sencillas del pueblo, fue curarles de sus enfermedades y todo tipo de dolencias. Hay, quienes salían a su encuentro, ante las noticias de su presencia y cercanía, pidiendo su curación ( leprosos, ciegos, la hija de Jairo, etc); hay otros, que Jesús encontraba en los senderos y pueblos por los que caminaba (paralítico, hijo de la viuda de Naín, la muerte de Lázaro) en los que, él tomaba la iniciativa. Son numerosos los hechos que se narran y todo ellos contribuyeron a resaltar el poder de sanación y curación que tenía Jesús de Nazaret.

Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, predicando Buena Nueva del Reino y curando todo tipo de enfermedades y toda dolencia en el pueblo. Su fama se extendió por toda Siria; y le traían todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó. Y le seguía una gran muchedumbre, de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.” (Mateo 4.23-25).


Asimismo, la respuesta que el propio Jesús dio a la pregunta de los discípulos de Juan el Bautista, era toda una credencial de presentación, en un lenguaje propio de la tradición de los profetas.

¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?. Jesús les respondió. Id y contad a Juan, lo que oís y veis: los ciegos ven, y lo cojos andan, lo leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; y dichoso aquél que no se escandaliza de mí.” (Mateo 11.3-6)


Asimismo, Jesús proclamaba que el Reino de Dios era preferentemente de los que padecían algún tipo de sufrimiento, destacando entre otros:

Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan, y digan con mentiras, toda clase de mal contra vosotros, por mi causa.” (Mateo 5.1-11)


Confirmó la opción del que sufre, nuevamente, al anunciar los criterio de la justicia de Dios, al final de los tiempos :

Venid benditos de mi padre, recibid la herencia del reino que está preparada para vosotros, desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y me vinisteis a ver (Mateo 25.34-37).


b)- Ante el sufrimiento moral personal.

En segundo lugar, se destaca el sufrimiento moral y emocional, de carácter personal, que sufrió Jesús, al ser rechazado y perseguido por las autoridades religiosas judías; tanto de la clase sacerdotal, como de los sectores, en principio con un mayor conocimiento de las leyes de Moisés y de los Profetas: sacerdotes del Templo, levitas, fariseos, escribas y saduceos, a los que quiso convencer de la Buena Nueva del Reino de Dios que él anunciaba. Este sufrimiento debió ser una angustia existencial profunda, como se describe en el huerto de Getsemaní o en el monte de los Olivos, para otro.

Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: Mi espíritu siente tristeza de muerte; quedaos aquí y velad conmigo. Y adelantándose un poco cayó en tierra y suplicaba así: Padre mio, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como tú.” ( Mateo 26.37-39)


El prendimiento en el huerto de Getsemaní, y su comparecencia ante el Sanedrín, aumentó su angustia y sufrimiento moral, cuando reunidos los sacerdotes, ancianos y escribas formularon acusaciones, seguidas de las palabras del Sumo Sacerdote, que presidía el Sanedrín.

El Sumo Sacerdote le dijo: yo te conjuro por Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Dícele Jesús: Sí, tú lo has dicho. Y yo declaro que a partir de ahora, veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes del cielo. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: ¡Ha blasfemado!, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?. Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?. Respondieron ellos diciendo: Es reo de muerte.” (Mateo 26.62-66)


Finalizada la reunión del Sanedrín, fue entregado a Poncio Pilato, como autoridad representante del poder del emperador de Roma, para que sancionase el veredicto emitido por el Sanedrin, circunstancia que debió producir un sufrimiento aún mayor, al oír el griterío de la gente enviada por las autoridades religiosas, pidiendo la pena de crucifixión, a fin de presionar y coaccionar a Poncio Pilato, que habia ofrecido el indulto a Jesús. Y aquél aceptó la coacción y el chantaje cuestionando las mismas leyes romanas: la condena de un hombre justo, consciente de su inocencia.


c)- Ante el sufrimiento físico personal.

Por último, en los distintos evangelistas se narran los hechos de la Pasión y Muerte de Jesús, con gran detalle, poniendo de manifiesto el sufrimiento físico infligido por los soldados, al ser azotado, coronado con espinas, y con la cruz sobre sus hombros, hasta el lugar de la crucifixión, a quien se podía aplicar el anuncio del profeta (Isaias 53.3-4) : “Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias”. La muerte de cruz en la época de los romanos, era aplicada a los delitos muy graves, generalmente de sangre, y en este caso, lo fue por una acusación religiosa totalmente injusta. Llama poderosamente la atención, la fuerte atracción y profundo respeto que en el Cristianismo se ha tenido a la imagen del crucificado, como símbolo de todo tipo de sufrimiento y crueldad del justo e inocente.